Retazos de zafras (VI)

Por Jueves, 31/julio/2014 4 No tags Permalink 1

¿Cómo está tu “tida”?

En la época estival, desterradas ya las mudadas y el frenesí de la recogida de la fruta, los habitantes de los cultivos se dedicaban a preparar la zafra siguiente, arar, armar, asurcar, traer palos y cañas para las latadas, construir casetas de enguanar al lado de los machos, etcétera y  ayudar o trabajar de peones en la construcción de las nuevas viviendas que iban configurando lo que sería con el tiempo el barrio de Las Puntillas, a las que se habrían de sumar posteriormente las de los barqueros expropiados en la Bahía de Gando, quedando aquel maravilloso rincón para uso exclusivo de los militares, hasta hoy.

Se hacían concesiones al ocio y se esperaba con expectación la llegada de los títeres y los espectáculos de variedades. También se recibían las visitas de los familiares de los campos (Valsequillo, Teror, Moya, San Mateo y otros muchos lugares)- que cargaban con frutas de estación, como uvas (negras, blancas y moscateles), higos (negros, blancos, pardos,  brigazotes y zagarillos) y tunos (blancos, amarillos y entreverados), que nos traían los sabores del terruño a una zona dominada por el viento y el terreguero. También venía de visita una nueva fauna que fue saliendo de los cultivos y que volvía una vez a la semana. Eran los jóvenes que habían optado por irse a trabajar a la incipiente industria turística del Sur, al inicio de los sesenta , sobre todo en el hotel Protucasa , la Rotonda y El Abanico.

La transformación que sufrían estos jóvenes era espectacular, tanto en el vestir, como en la forma de hablar. La transformación era muy rápida, como si quisieran borrarse el estigma de ser  siervos de la tierra y pasar a ser desertores de los surcos. Les esperaba otra esclavitud, pero era más cómoda. Allí no había viento, ni mayordomos abusadores ni el potaje o el caldo de papas repetidos hasta la saciedad. Era otro mundo, empezaba otra época y a ella se adaptaban mis hombres.

En una ocasión en que estaba un servidor- un chilguete- con un grupo de vecinos del cultivo sentado ante la especie de media barbería que mi padre tenía en nuestra especie de media vivienda, pudimos ver una escena que retrataba esa transformación a la que aludía más arriba.

Sucedió que por una parte de la carretera que dividía al cultivos en dos-la C-812 o carretera general del Sur entonces- caminaba una joven residente, Lelita, mientras que por la otra movía su cuerpo casi serrano-tirando a gordito, patizambillo, pero tieso como un ajo porro- Lorenzo, un joven de los cultivos vecinos de Malfú que había decidido desde hacía un tiempo irse a trabajar al Sur, concretamente a La Rotonda, de freganchín.

Lelita, que casi hacía honor a su nombre por sus entendederas, estaba sin embargo, como solían decir los jóvenes de los cultivos,  buenísima. Respondía al prototipo de hembra soñada por todos ellos, que tenían casi los mismos gustos que los árabes: llenita, sin llegar a gorda, pechugona para una cosa y la otra, o sea, para el placer y para amamantar a la nueva mano de obra que saliera del tálamo y algo culona. Lelita, pues, estaba prieta, en sazón. Cuando Lorenzo la vio, acortó el paso y sacó pecho. Su nueva condición de desertor del surco le permitía vestir distinto al resto de jóvenes de su generación que seguían trabajando en los cultivos. Lucía pantalón negro, con zapatos y camisas del mismo color. Ésta la llevaba abierta por el pecho-estilo pecho-lobo, decían entonces- lo que resaltaba lo blanco de una piel que no recibía sol desde hacía años, encerrada todo el día al lado del fregadero, dando la apariencia el infeliz de ser una mancha de leche en un balde de piche.

Al llegar a la altura de Lelita, cada uno por una lado de la carretera y casi frente a nosotros, Lorenzo, sabedor de que la joven tenía una familiar muy enfermo, se paró un momento, rompió el hielo y le dijo:

-Oyes, Lelitas, peldona, ¿cómo está su “tida”?

-¿Cómo dice usté?-preguntó la joven, sorprendida al ser interpelada en un lenguaje nuevo para ella, y para todos, dicho sea de paso.

Sí, mujel, que cómo anda  de salú  su “tida” Rosa, la hermanas de su madres, que supe que estaba algo pachuchas del pechos…-insistió Lorenzo

-¡Ah, mi tía Rosa!-terminó por aclararse Lelita-, pues está bien, si se está quieta. Si camina, aunque sea un poco, se asfixia y se queda aliando como un pollo y hay que darle golpes en la espalda hasta que se le quite. Por ahora vamos dándole agua de oroval y pasote, que le alivia un montón, porque lo que le manda el médico del Seguro no le hace nada y habría que comprarle unas mascarillas que no han llegado a la farmacia del Carrizal, que son caras como el diablo, pero que mi tío y mis primos van a comprar aunque les cueste lo ganado en la zafra, dicen ellos. Bueno, gracias por preguntar…

-De nadas, mujel-cerró el diálogo Lorenzo, que siguió su camino pensando que, dos encuentros más, y allí se establecía un moceo que sabía  Dios en qué podría acabar, mientras Lelita enfilaba a lo suyo pensando en la diferencia que había surgido entre los jóvenes que seguían en los cultivos y los que habían decidido irse para el Sur a trabajar en la cosa turística.

-Hay que ver-se decía mientras oteaba el horizonte a ver si vislumbraba el coche de hora de Melián- cómo han cambiado estos muchachos al irse al Sur. Mira tú éste, que parecía bobo y cuando apenas lleva año y medio en los hoteles y salas de fiesta, ya habla perfectamente el peninsular y sabe decir sin trabarse tía en alemán. ¡Qué tíos!, ¡lo que hace el turismo, oye..!

Bueno, pues aquella noche era la segunda función del espectáculo de variedades del empresario godo gordo y de mala leche, con el debut en su papel de cómico de El Minuto, el enano que habría de llenar de conmocionar los cultivos durante dos generaciones al menos.

El Minuto, con todos los respetos para todas las personas de esta condición, no respondía al arquetipo tradicional. Podríamos definirlo, junto con Tom Sharpe, como un individuo de crecimiento restringido, de una forma dispar, además, porque su cabeza era del tipo tradicional,  con una melena con caracolillos, al estilo Antonio Molina, perfectamente peinada siempre y con unas manos grandes, donde destacaba, en la derecha, un reloj que parecía una cebolla grande y que podría pesar medio kilo, lo que compensaba el vaivén de El Minuto al caminar, dado que se escoraba un poco a la izquierda.

El Minuto era un gran conversador y en los ratos de antes de la función y después, ilustraba a los parroquianos con su saber sobre política, arte y deportes, mientras trasegaba rones de la Máquina de Azúcar- que posteriormente habría de gozar de fama regional con la marca Ron de Telde-,  como si fuera agua. Sus saberes sobre política internacional dejaban con la boca abierta a los aparceros, que apenas tenían acceso al mundo el rato que estaban en la media barbería de mi padre y alcanzaban a oír retazos del parte que daba Radio Nacional cada hora. El Minuto les aseguraba que no tardarían mucho Israel y Jordania en romper las “hostialidades” y todos imaginaban el sangrerío. En deportes hablaba y no paraba de las excelencias de un espigado joven natural La Pasadilla, Juanito Guedes, que él aseguraba que daría que hablar en el fútbol canario. Y así con todo, mientras llegaba la hora de interpretar su número, que realizaba con su malhumorado director.

En el numerito en cuestión, el director hacía de cliente de un restaurante al que llegaba con ganas de comer y con muchas prisas. El carácter en la vida real también lo trasladaba al escenario y todos notaban que estaba ya cabreado antes de sentarse. El Minuto hacía de camarero amanerado y representaba su papel con patético donaire, Sólo que aquella noche, su atención estaba centraba en primera fila, donde Lelita y sus dos hermanas, Lucía y Asún, no se  perdían un detalle de la historieta, sobre todo Lelita, que siempre tuvo la cabeza a pájaros y le gustaba distraerse en brazos de la fantasía. Otra historia, ésta real, estaba a punto de empezar y a constituirse en una especie de leyenda de la que todavía hablan los que quedan de aquellos tiempos de zafras.

4 comentarios
  • Dámaso
    agosto 1, 2014

    no me jodas, no te voy a destripar la historia, pero……………..¿a ver si el minuto se pasabas las “horas” muertas, poniendo contenta a lelita y a lo que se pusiera a tiro?. La descripción del minuto la veo como una mezcla entre antonio molina y joselito, listo, ilustrado, aunque con alguna patada que otra al diccionario. ¡joder!, “hostialidades”, decía.
    En los que se fueron al sur, lo has clavado macho. Yo de los que me acuerdo son de los que presumian de ligar de lunes a viernes, y cuando ibas un sábado cualquiera lo veías bailando sólo toda la santa noche, y dando paseos hasta la barra. Y si, quince días en el sur y hablaban “peninsular”, cuando no sabían lo que era una “ese”. Menuda alegria me llevo este fin de semana. Además, el primero en pillar el retazo. Un abrazo, campeón.

    • Dámaso
      agosto 5, 2014

      se nota Adolfo que la gente está preparando los aperos para perderse en vacaciones. Como sabes es una época de mucho trasiego de la que nadie escapa. Aprovecho para decirte que también hoy salgo para el disfrute de un merecido descanso, estando de vuelta después del Pino, la religiosidad manda. Espero que sigas en la misma línea, y te sugiero dosifiques en agosto los escritos para retomar con fuerza septiembre. Ya sabes, que en esta ocasión, es coger fuerzas de cara a lo que se avecina el próximo año que, desde enero, precampaña que te crio. En fin, reitero mi alegría de haberte encontrado y leído, y desde un medio- mancandé, recibe mis mejores deseos. Un abrazo campeón.
      P.D.: ¿te has fijado que lo de Mancondo y Macandé puede llegar a ser una leyenda urbana con el tiempo?. Por cierto: cuando falleció García Marquez volví a releer Cien Años de Soledad, y te prometo que visualizando la descripción de Mancondo, lo que recordaba era el lugar que tu y yo conocemos. Otro abrazo. Hasta Septiembre

  • miguel Ricarte Afonso
    agosto 17, 2014

    En Tirajana, una señora a la que llamaremos Blanca Paloma, dado su gusto por ponerse en la cara una leche llamada Visnú, para aparentar más blanca, dijo esta frase porque la entretenían para oírla hablar tan fino:
    ¡Mire, Fulanita, me va a perdonal, pero se me marcha el “corredo” y entonces es “pedor”.
    Me lo recordaste, hermano.

  • canariodelcampo y paco miguel
    septiembre 18, 2014

    Leído y, se nos adelantaron en los comentarios. Sin desvelar, a mí me da que el Minuto, estaba bien dotado y equipado para el “monta la uva, monta el garbanzo, monta en este borriquillo manso”. Saludos, Miguel y Paco.

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