Retazos de zafras (VII)

Por Lunes, 11/agosto/2014 5 No tags Permalink 1

El enano que invitaba a las mujeres a Baya-Baya

El verano marcaba un ritmo más lento y cadencioso a la vida en los cultivos. Los hombres que no estaban en los cercados- arando con las yuntas de bueyes,  armando o asurcando la tierra o preparando los semilleros- se afanaban en la construcción de sus nuevos hogares-los primeros que iban a ser suyos- y que se levantaban a toda prisa en la zona de Las Puntillas, más al Sur, acuciados por la más que imparable expansión de las pistas, torres  y servicios anexos de Gando, que amenazaba con convertir en cemento lo que entonces eran terrenos casi preparados para la nueva y, quizás, definitiva zafra.

De todas formas, se respiraba un cierto aire de concesión al descanso, siquiera fuera corto y ligero y hasta un pequeño cambio de costumbres. Al señuelo del espectáculo de títeres y variedades acudía Periquito Morales, de la Bajada de El Burrero, con su furgoneta-bar-tienda, llena de ron de la máquina, refrescos, sal de fruta,  queques, galletas, caramelos de anís y, sobre todo, los pirulíes (“pirulines”) para los más chicos, una especie de piedra dulce que volvía locos a los chilguetes.

Periquito hacía las delicias de los mayores antes, en los descansos y después de la función, unos con sus copas de ron y coñac Terry Malla Blanca y, las otras, con sus refrescos y sus galletitas con crema, mientras que entre los más pequeños hacían estragos los “pirulines”. Eran estos unos objetos de color rojo tirando a sangre, de una textura similar al cemento que fragua bajo del agua y que se usa actualmente para hacer puertos, túneles y obras así. No eran muy grandes y se podían comprar dos por media peseta. Los críos se metían aquel pequeño cono en la boca y, desde que lo mordían, hacía como de pegamento entre las dos mandíbulas, de modo que el consumidor estaba horas enteras intentando separar los quejos. Mientras duraba la degustación, que podían ser horas, no se oía un niño en todo el cultivo.

-Mariquita-pregunta Sofiíta a su vecina, mientras se coloca la mano en la frente oteando el horizonte- ¿usted sabe dónde están los chiquillos, cristiana, que no los he visto ni oído durante toda la mañana?

-Allí los tiene-contestaba la interpelada-allí, al lado del soco de cañas, en los tarajales. ¿Usted ve el manterío de moscas? Pues, los niños están debajo, callados porque tienen los quejos pegaos, chupando “pirulines” que les compró El Minuto, que anda por ahí con la Lelita y sus hermanas desde buena mañana, que yo no sé qué andará buscando el espabilao ese…

Cuando la cosa se disparaba y los hombres, a base de ron y coñac, se encacarinaban, surgían los míticos pleitos, que no llegaban nunca a las manos, pero que dejaban en el aire una clara muestra de la inventiva de los nuestros para enhebrar insultos y amenazas.

-A ver si abrimos los ojos y desparramamos la vista, mastro Isidro, que esta señora no es un espejo…-decía de buenas a primeras Eloíto a su vecino, que enseguida tragaba el cebo y brincaba como un saltaperico.

-¡Si no sabe beber lo deja en la botella, oiga, que yo no he mirao pa naide, en asoluto..! ¡Está buena la pieza para ir de ojeo, no me jeringue!

-¡Sin faltar, oiga, sin faltar! ¡Que le pego a usté un jaquimazo de abajo parriba que hasta el cielo le molesta padar la vuelta, ¿oyó, cacho machango?.

-¡¡Amarren a ese perro, que muerde!, Mire, agradezca usté que el médico me ha prohibío tocar mierda con las manos, que si no le iba a poner los besos como un bebeero de pollos…

La letanía de insultos continuaba, interviniendo ocasionalmente las mujeres con sus clásicos “¡Puta lo serás tú y tu marío”, pero la sangre no llegaba al surco.

Desde detrás de la cortina sonaba una trompeta que anunciaba el número cómico del director de la compañía y de El Minuto, el enano, que llevaba varios días rondando a Lelita, aunque sus hermanas no les dejaban ni a sol no a sombra. El artista, en fase ligona, no reparaba en gastos y, antes de la función, se mostraba espléndido con las tres mujeres y las invitaba a un refrigerio delante de todo el público asistente  al acto.

 

-A ver, Periquito, por favor-decía al dueño del furgón-tienda-bar-, sirva a las señoritas unos Baya-Baya y me los pasa a mi cuenta…

La gente se mosqueaba cantidad y asistía admirada al hecho de que hubiese en el mundo alguien que se gastase tres pesetas en invitar por la cara a hijas de nadie.

-A mi me da que este güevo quiere sal…- aseguraba Sunsionita, siempre dada a los buenos pensamientos.

-Pues, pa mi-agregaba maestro Gregorio, el zapatero-, el enano este lo único que tiene pequeño es el cuerpo…

El número el minuto y el director tenía una argumento sencillo, pero desternillante, gracias a los esfuerzos de los dos simpares actores. El Minuto simulaba ser un camarero sarasa, que aparecía en escena caminando de aquella manera y con los ojos haciendo virajes. El director simulaba ser un comensal que acudía al restaurante a comer, muy cabreado-siempre estaba cabreado aquel hombre, fuera en la ficción o en la realidad- y exigía rapidez y un buen atendimiento.

El Minuto aparecía en escena y arqueando una de las piernillas le preguntaba al comensal: ¿le sirvo?. Oír aquello, ver aquello y ponerse rojo como la grana fue todo uno. El supuesto comensal se viró y contestó:”¡usted a mi no me sirve para nada!”, y por ahí continuaba la trama, mientras el público repartía sus simpatías y, así, mientras algunos se desternillaban con los golpes de la obrita y aplaudían a El Minuto, otra parte importante del público animaba al gordo a que sacase a patadas al enano sarasa del escenario. El número, al final era todo un éxito.

Para rematar la jornada, aquella noche El Minuto acompañó hasta la cuartería a Lelita y sus hermanas, haciendo que una especie de presentimiento anidase entre los habitantes del cultivo y casi ululase entre cucañas el presagio de una tragedia anunciada.

Al día siguiente, domingo y último día de actuación de la compañía de variedades, ésta ofrecía una función matinal para los niños que habían sobrevivido a los “pirulines” y otras dos más para adultos, una a media tarde, destinada   para la gente que venía de Ojos de Garza, Los Moriscos, Malfú, Gando y Las Torrecillas y, la nocturna que servía de despedida para los habituales de las cuarterías del cultivo.

La gente se vio sorprendida desde muy temprano con la irrupción en el cultivo del viejo Land-Rover Santana de la Guardia Civil de Agüimes. Tres agentes, con el sargento Pulido al frente, hablaban en gran secreto con el director de la compañía de variedades y con las dos hermanas de Lelita. El caso era que nadie había visto en lo que iba de día a El Minuto, que tenía que estar ya preparado para la matinal infantil, ni a Lelita, que no aparecía por ninguna parte, ni en la cuartería ni en los almacenes.

 

-Nuestra labor aquí es nula-dicen que dijo al final del día el sargento Pulido-, dado que la interfecta es mayor de edad y ha dejado escrita una carta donde explica su deseo de irse con el infrascrito, por propia voluntad, sin coacciones. La letra, según las hermanas, es la de la joven y la firma también, así que poco habrá que hacer, aunque seguiremos preguntando a ver si los han visto, aunque me temo que ese pájaro enano ya lo tenía todo preparado y va a ser difícil dar con ellos…

Nunca más se supo de la pareja y circularon rumores y especulaciones, sobre secuestro, contrabando se seres humanos para los moros de África,  e incluso,  se comentó durante años con la ayuda que una familia de Tufia pudo prestar a la pareja huida para que pudiera conseguir sus propósitos, pero ya escribo, aquello quedó en el viento y todavía hoy se comenta la historia entre los supervivientes del cultivo que quedan encajonados en esa especie de Macondo canario que es Las Puntillas.

La vida en los cultivos, de día, y en los almacenes , de noche, se convirtió en un infierno para las dos hermanas de Lelita. En las mesas del apartado, mientras se procedía al clasificado de la futa, las mujeres entonaban canciones de zafra o de almacén, esas que tan magníficamente han rescatado mis amigos del Movimiento Comunitario de La Aldea de San Nicolás. Cuando las hermanas estaban cerca, Sunsionita y sus comadres cantaban en voz alta aquella canción de Lola Flores que decía : “Me casé con un enano / para jartarme de reí / le puse la cama en alto / y no podía subir”.

Las dos hermanas no tardaron en pedir el traslado para los almacenes de El Calero, abandonando las cuarterías y el cultivo. Hicieron bien. Sus vidas se hacían insoportables entre una grey que sacaba lascas al incidente, seguramente más pensando que a Lelita le podía ir bien, que otra cosa. La compañía de variedades del empresario gordo y malhumorado no volvió más por los cultivos. Las que le sustituyeron no trajeron nunca artistas enanos en su elenco artístico.

5 comentarios
  • Ángela Montesdeoca
    agosto 11, 2014

    Como me gusta leer tu blog

  • Manolo Ramos Santana
    agosto 13, 2014

    El enano me salio bueno y, la lelita no era tan lela, amigo Adolfo.

  • miguel Ricarte Afonso
    agosto 17, 2014

    Cuando los Baya-Baya subieron de una peseta (1,00) a una con diez (1,10), siendo yo niño, vi varias peleas entre clientes y dueños del bar porque la gente no les pagaban los diez céntimos. Se convirtió en un cachondeo. Le decían al dueño con retintín: “quédate con la vuelta”. Y éste contestaba: ¡me cago en esto y en aquello, usted me da la perra, larga el refresco o le meto a usted una trompada, carajo!
    ¡Me encanta como escribe, maestro!

  • Dámaso
    septiembre 11, 2014

    Buenos días, ya estamos de vuelta, lo sabia el minuto, no era un minuto, era hora y media larga. Y la lela, no era tan lela, sino que se quedaba lela, que es otro cantar. En fin Adolfo, como te decía, de vuelta y en la recta final directitos a mayo, que quedan tres telediarios, y rememorando a Groucho: mas madera, que es la guerra. Espero que te todo te vaya bien, por aquí tu sabes como esta todo. Sigue con nuestro Macondo, que me parto de la risa con todo lo que estoy leyendo. Alguno de los personajes los conocí, así que me considero formarmente parte de la historia que estás contando. Un abrazo.

  • canariodelcampo y paco miguel
    septiembre 22, 2014

    Leído. Muy bueno. Saludos

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